La persona que me lo mandó es alguien a quien aprecio y poco después le di algunos empujones en el vano intento de sacarle de la caverna:
- ¿Acaso te sonó el teléfono?
- No, pero sonó el timbre de la puerta. - Sonreía triunfal, el desgraciado.
- ¿Pero de verdad crees que se va a cumplir tu deseo por medio de esta magia?
- Ya lo veremos, ya lo veremos. - Sostenía la sonrisa, de franca esperanza.
Y el caso es que sentí mucha lástima, pues como ya he referido aprecio a esta persona.
Esta mañana escuché en la radio esta noticia (la Macarena sale para darse un paseo por Sevilla estorbando la convivencia a los ciudadanos de bien). Cuando se me pasó el enfado me quedé pensando en toda la gente que asistiría a la beatificación. Y sentí lástima. El mismo tipo de lástima; porque me di cuenta de que no había diferencias entre ellos y aquella persona que me mandó el ridículo email.